Posturas arquitectónicas

El siglo XX se caracterizó por crear posturas arquitectónicas que tendían a ser globalizantes en el sentido más primitivo del término, o como dice Leonardo Boff, es el siglo de la edad de piedra de la globalización[1].

Así fue como se sucedieron una serie de movimientos arquitectónicos que tenían como raíz común tres elementos:

-eran totalitarios en su ideología (explicaban el mundo en forma cerrada), -eran homogéneos en su aspecto formal, -pretendían que su lógica fuera difundida por todo el planeta.

Por otra parte, la diferenciación que existía en cada uno de los períodos arquitectónicos en que se dividió el siglo XX, fue el énfasis que se ponía en uno de los elementos inmanentes de la profesión, valorándolo por sobre los demás. Es así como:

El Movimiento Moderno valoró la idea de 'modernidad' por sobre las demás condiciones, aunque tenemos que recordar que todas las arquitecturas de todos los tiempos son modernas. El Movimiento Posmoderno hizo de la historia el sustento del oficio, pero no olvidemos que todas las arquitecturas tienen una postura respecto a la historia, en cualquier parte del mundo. El Movimiento Deconstructivista valoró la construcción como soporte de la disciplina, sin embargo, todas las arquitecturas se construyen. El Movimiento Minimalista, potencia el material como productor de la expresión del edificio, sin embargo todas las arquitecturas tienen materiales, se materializan.

En otras palabras, al disectar la teoría de la arquitectura del siglo XX, encontramos que cada uno de estos movimientos da cuenta privilegiada de uno de los elementos constituyentes de la profesión y, por lo tanto, busca diferenciarse del anterior muchas veces por reacción , pero aludiendo a una teorización que necesariamente debía concluir en un modo de expresión formal, que identificara físicamente cada postura, que pudiese darle cuerpo a un discurso ideológico.

Dentro de este panorama, la Arquitectura Cultural, es la que valora conscientemente los procesos humanos en los distintos territorios, valor también inmanente de la arquitectura todas las arquitecturas son culturales , entendiendo cultura en el sentido etnográfico de la antropología y en el sentido de la filosofía de la cultura, no en el de las bellas artes, ni en el sentido administrativo, burocracia gubernamental de la cultura[2] .

Sin embargo, el potenciar racionalmente este aspecto nos produce una arquitectura completamente distinta a la del siglo XX; todas las expresiones de estas posturas deberían ser distintas de acuerdo con el lugar donde se desarrolla y con el grupo humano al que va dirigida y, por otra parte, en términos conceptuales, deberíamos hablar de 'Arquitecturas Culturales' en plural, pues no pueden agruparse en un mismo cuerpo teórico por su diversidad de intereses, de tecnologías, de usuarios y de geografías.

Es decir, los aspectos distintivos del siglo XX, la homogeneidad formal, el imperialismo conceptual y la pretensión de una arquitectura única para cualquier lugar del planeta, caen por tierra frente al concepto de la Arquitectura Cultural o Arquitecturas Culturales. Esta es plural y diversa en términos estéticos y conceptuales, y no puede imponerse en todos los sitios del planeta por igual, pues iría en contra de su propia esencia, la que se asocia a la valoración de la diversidad o de la biodiversidad, dicho en términos ecológicos.

Este tipo de ideas obviamente surge desde Latinoamérica, donde las diferencias sociales son más patentes que en ningún otro continente y porque los países en desarrollo y definitivamente pobres deben distanciarse de estos movimientos globales en el sentido más primitivo del término para estructurar su propio pensamiento, su propio futuro. No se puede esperar que los problemas de nuestros países se vengan a resolver desde el exterior, y, en el caso de la arquitectura, con las experiencias europeas o estadounidenses.

Por lo tanto, la Arquitectura Cultural alude a la diversidad como respuesta a la globalización actual, o pretende sintonizar con la segunda etapa de la globalización que se dará en el siglo XXI y que corresponde a la valoración de las pluralidades, por sobre la globalización de la homogeneización que pretendía la arquitectura del siglo XX.

Así dadas las cosas, hemos percibido que esta postura arquitectónica cristaliza o refleja lo que en filosofía y en política corresponde a los movimientos altermundialistas mal llamados antiglobalizadores que se están dando en diversas partes del mundo. Se trata de grupos heterogéneos y muy diversos que tienen como raíz común la oposición a un mundo imperial homogéneo y propugnan un mundo de las diferencias y de la coexistencia de los distintos.

Dicha coexistencia corresponde a lo que Fernando Savater[3] llama la civilización de las culturas, que busca el paso siguiente a la globalización de la economía y la informática, es decir busca la globalización de los Derechos Humanos. En otras palabras, la globalización de los derechos de los distintos, cuestión análoga a la que plantea Boff. Es muy interesante la diferenciación que Savater hace entre Cultura y Civilización porque no los considera términos contrapuestos, como lo pensaban muchos pensadores sociales en las últimas décadas del siglo pasado. Para Savater, civilización es una especie de supracultura que recoge lo mejor de las culturas particulares de cada territorio. Esta reflexión solucionó la bipolaridad que se daba en la arquitectura latinoamericana con las ideas de tradición y modernidad, o con las de la modernidad apropiada de Cristian Fernández Cox, en la dimensión de conceptos contrapuestos y activos en un mismo proceso. Para el filósofo español estos son términos absolutamente imbricados o, dicho de otro modo, la civilización es el sinónimo de la cultura de la humanidad en su conjunto.

La arquitectura, en consecuencia, puede y debe dar cuenta de este fenómeno, y no son los poderosos los interesados en potenciar estas ideas de pluralidad y de democratización del pensamiento, son precisamente los otros, los ahora al margen, los de la periferia.

Es así como surge la idea de la Arquitectura Cultural en Latinoamérica, y precisamente en Chiloé (Chile) en la década de 1990, con la pretensión de valorizar, en este caso, la diferencia que tiene Chiloé con el resto del país. En otras palabras, se trata de relevar su identidad y comprender la transformación de esta identidad.

Palafitos del barrio Gamboa en la ciudad de Castro, Chiloé, Chile, 1930. Foto: R. Gerstmann. Reproducción con fines culturales.

Se descubre aquí otro rasgo distintivo de la Arquitectura Cultural, que da cuenta de un continuo cambio y movimiento de las zonas de similar identidad y, por lo tanto, de sus proyectos arquitectónicos. Si un mismo edificio en un mismo lugar, para el mismo grupo humano, hecho por el mismo arquitecto y los mismos obreros, se realiza en tiempos distintos, será también distinto, y no sólo por la nueva experiencia del arquitecto, sino, principalmente, por las nuevas experiencias de sus habitantes.

La posibilidad de entregarle nuevos roles a la arquitectura en un planeta donde dos tercios de la población, es decir 4000 millones de habitantes[4], no tienen acceso a ningún producto formal de la arquitectura: profesionales, materiales industrializados, proyectos, etc., es, por decir lo menos, urgente. Y esto implica un cambio en los sistemas de enseñanza de la arquitectura en los países en desarrollo y en los países pobres, nos sirve de muy poco la enseñanza tradicional y academicista del arquitecto como diseñador de edificios, debemos abrir el espectro a otras dinámicas de comprensión de lo arquitectónico, a otras lógicas de construcción de las ciudades, para lo cual termino con un ejemplo práctico:

Experiencia en Mozambique

El año 2003, el arquitecto chileno Eduardo Feuerhake, fue contratado por las Naciones Unidas como consultor internacional para traducir unos manuales de vivienda social que tenía este organismo en Mozambique, país del sur-oriente de África.

Localización de Mozambique en Africa.

Mozambique.

Estos manuales estaban escritos obviamente en inglés (globalización homogeneizante), pero resulta que en Mozambique el único idioma occidental conocido es el portugués y además es usado por menos de la mitad de la población, mientras que todos hablan dialectos locales: makwa-lomwe, shona, tonga, chichewa, entre otros[5].

Mozambique, habitantes en sus actividades cotidianas. Foto: Ing. Héctor Pontigo, 1993. Por gentileza de su autor, y Elena Pontigo.

Nuestro amigo arquitecto debía hacer este trabajo en dos meses. Ocupó el primer mes en tratar de entender estos manuales, hasta que un fin de semana decidió salir de Maputo, la capital, y viajar por el país.

Descubrió que los ríos Zambeze y el Limpopo, tenían una crecida anual que producía estragos en los asentamientos de sus orillas y llegaba a tener cien kilómetros de ancho, producto de que el terreno era muy bajo y plano. Esta inundación significaba que el principal problema en ese lugar no fuera la falta de viviendas, sino la muerte de niños y adultos por la crecida del río[6]. Aunque el agua no llegaba a un metro de alto, la modalidad constructiva producía que muchas personas murieran. Las casas son de adobe (mezcla de tierra, agua y paja) para lo cual se hace un envaralado de madera (ramas de árboles en forma de hangar) y luego se hace un hoyo cercano a la casa para sacar la tierra que, mezclada con agua y pasto seco (paja), recubre el envaralado de ramas. Estos hoyos cercanos a las casas eran mortales, pues los niños no los veían en las crecidas de los ríos, y se hundían en ellos, desapareciendo de la superficie sin que los adultos alcanzaran a darse cuenta.

Mozambique. Envaralado de madera para vivienda. Foto: Ing. Héctor Pontigo, 1993. Por gentileza de su autor, y Elena Pontigo.

Mozambique, conjunto de viviendas. Foto: Ing. Héctor Pontigo, 1993. Por gentileza de su autor, y Elena Pontigo.

El proyecto de arquitectura consistió en poner marcas en las esquinas de estos hoyos, para poder identificarlos en las crecidas. Unas varas de madera muy altas, marcadas con color rojo, indicaban hasta donde llegaba la crecida del río.

También se decidió poner piedras y subir la altura de los pozos, pues estos estaban a nivel del suelo y la crecida mezclaba las aguas de beber con las aguas arrastradas por el río contaminado. En la escuela local se propuso levantar los libros que estaban en el suelo de tierra y construir una repisa de madera a la altura de la techumbre, para que no se los llevara el río. Estas y muchas otras decisiones fueron el resultado del trabajo de arquitectura, pero lo más singular fue la manera de expresarlo. Como decíamos antes, la mayoría de los habitantes hablaba sólo dialectos locales, por lo cual un nuevo manual en el idioma que fuera, no serviría.

Planos con dibujos podrían ser más adecuados, pero había una forma aún mejor. Nuestro héroe arquitecto hizo unos dibujos representando diversas acciones: personas poniendo varas en los hoyos de tierra, otras levantando el pozo de agua, otras levantando los libros del suelo. Con estas imágenes se construyó un juego, que se difundiría en las escuelas, parecido a un naipe con motivos africanos y muchos colores. La genialidad de esta acción fue descubrir que no se necesitaban manuales de vivienda, ni más casas, sino un juego de escuela para intentar salvar vidas de la crecida de los ríos.

Esto es un proyecto de arquitectura. Esto es Arquitectura Cultural.

__________

[1]

Leonardo Boff, teólogo brasileño contemporáneo. (Títulos: Introducing Liberation Theology; Church, charism an power: liberation theology and the institutional church, entre otros).

[2]

Julián Martín Salas, filósofo español contemporáneo.

[3]

Fernando Sávater filósofo español contemporáneo. (Títulos: Questions of life: an invitation to philosophy; El jardín de las dudas; El valor de elegir; La tarea del héroe, entre otros).

[4]

Julián Salas, ingeniero español contemporáneo.

[5]

En Mozambique hay más de 20 diferentes etnias y grupos tribales.

[6]

Mozambique, algunas cifras: Mortalidad infantil: 122 por 1.000. Esperanza de vida: 38,1 años. Población urbana: 33,3 %. Analfabetismo: 37,7 % en hombres y 68,7 % en mujeres. Internet: 1,7 por 1.000 hab.