Introducción
El que quiera entender la realidad ética de la ciudad actual, sus
problemas, sus métodos e instrumentos de planificación, no escapa
de confrontarse con su desarrollo histórico. Esto no significa tener
que remontarse a los inicios del desarrollo de la ciudad, la ciudad
de la sociedad agraria, por tanto de la ciudad de la Antigüedad, de
la Edad Media y de los Tiempos Modernos, que hasta fines del siglo
XVII actúa caracterizando sus edificaciones, su planta urbana hasta
su subdivisión predial. Más aún, determina en gran medida la atmósfera
individual de cada una de estas ciudades. Se trata más bien de dar
una visión de la ciudad a partir de la primera revolución industrial,
es decir, a partir del primer cuarto del siglo XIX.
Las condiciones de la ciudad primitiva, cambiaron radicalmente con
la revolución industrial. El violento crecimiento demográfico, facilitado
por los avances en la productividad agrícola y en la higiene, hizo
crecer las ciudades, cuyas fábricas ofrecían los medios de subsistencia
que ya no existían en el campo. Simultáneamente con estos cambios
de las características de la población se desarrollaron los medios
técnicos para la transformación del medio ambiente. Pero, al mismo
tiempo, el Estado se retiró cada vez más de ejercer influencia sobre
estos acontecimientos. El liberalismo de Adam Smith basado en la tesis
de la "mano invisible", en la cual "los egoismos individuales"
conducirían, por último, al ascenso del bienestar común, le dejaba
al Estado sólo la tarea de la defensa ante el peligro.
Característica de esta idea básica, es la ley general estatal prusiana
en 1794 en que se afirma: que por regla general "cada propietario
está facultado, para ocupar sus terrenos con edificios y también para
transformar sus edificaciones". Pero a esta libertad en la construcción
sigue una restricción, según la cual, para "que los cambios no
afecten el bien común, a la estética urbana y los espacios públicos,
no se deben realizar construcciones ni transformaciones".
Es evidente, que esta formulación se puede prestar para todo tipo
de interpretaciones, lo que individualmente puede conducir a daños,
inseguridad y transformación, y que no es tan simple de ser normada.
Con la Revolución Industrial, cambia el rol de la ciudad. Junto con
el lugar central, que es sustentado por un entorno agrícola, emerge
la ciudad como centro industrial. Conjuntamente se transforman los
tamaños de las ciudades y su población crece en forma mucho más violenta
que antes.
Cambia también el aspecto formal de la ciudad y las condiciones de
vida en ella. En la ciudad burguesa relativamente homogénea de la
era preindustrial irrumpe la fábrica, y con esto no sólo un nuevo
elemento, sino que también una nueva escala. La ciudad burguesa se
transforma en gran medida en la ciudad obrera, la separación espacial
del lugar de residencia y de trabajo es algo normal y fuera de las
fortificaciones reconocidas ya como inútiles, ésta se expande en forma
desordenada hacia la periferia.
No es este el lugar para entrar en consideraciones sobre expresiones
formales a la solución del problema, como las manifestaciones de Owen
(2)
con sus conjuntos habitacionales para 100 personas o el Falansterio
de Fourier (3)
y el Familisterio de Godin (4),
pero sí se puede decir, que se reconoce una vertiente de la cual la
planificación urbana de décadas posteriores concibe la aspiración
hacia una forma urbana que tuviese mejores condiciones para el bienestar
de los seres humanos, que la ciudad de la incipiente era industrial.
Obviamente estas proposiciones resultaban para su época utópicas.
El pensar en categorías casi comunitarias y semejantes a un claustro
resultaba tan ajeno a la realidad que ellas quedaron en el olvido;
sin embargo, se puede reconocer en el posterior desarrollo de la planificación
urbana, el espíritu de esta idea.
La realidad de la gran ciudad en la mitad del siglo XIX era muy distinta:
déficit habitacional, miseria, alta densidad, falta de áreas libres,
condiciones higiénicas primitivas. La caracterización de Dickens
(5)
sobre la Coketown, las imágenes de Dore de Londres, los informes de
Engels sobre las clases trabajadoras en Inglaterra (6),
aclaran la situación.
El desarrollo urbano entregado al libre mercado o a los mecanismos
del libre mercado no seguía ningún principio de orden básico. Las
decisiones constructivas y de desarrollo urbano calculadas a corto
plazo, y motivadas desde la empresa privada, sobre lotes individuales,
conducían a inversiones a largo plazo, que en muchos casos estaban
en abierta contradicción con una estructura urbana -económica coherente-
para la cual faltaba todo concepto.
Obviamente había algunos casos ejemplares como la Ring Strasse de
Viena o la Renovación Urbana de la City de París por Haussmann, como
también la reconstrucción de Hamburgo tras el incendio del año 1882.
Pero éstas eran sólo expresiones superficiales que no tuvieron resonancia
en el problema estructural.
Con mucho mayor claridad aparece el juego del libre mercado en el
desarrollo de Estados Unidos de América, sobre todo cuando allí faltaban
las raíces históricas (con algunas excepciones como Philadelphia).
A esto se agrega el hecho de que "la ciudad" no contaba
aquí con una muy buena imagen. Conocidas son las declaraciones de
Jefferson al respecto, quien veía en el agrario el gran futuro. "Si
nos amontonamos en grandes ciudades como los europeos, nos transformaremos
en seres corruptos, tal como ellos lo son y nos devoraremos unos a
otros" (7).
Esto no es un fenómeno casual o excepcional sino una profunda animadversión
de los americanos contra la ciudad, que se percibe hasta muy avanzado
nuestro siglo.
A fines del siglo XIX se perciben las reacciones en Inglaterra y Francia
para mejorar las condiciones higiénicas de la ciudad, a través de
normas legales o a través de modelos antagónicos. El "public
Health Act" del año 1848, las ciudades obreras de Saltaire y
Ackroydon; la Cité ouvriere de Moulhouse (8)
se pueden nombrar en este contexto.
El desarrollo posterior sólo puede ser tocado aquí en líneas muy gruesas.
Importante para su comprensión es el hecho de que hasta fines del
siglo pasado casi no se puede hablar de una planificación urbana como
un área de trabajo homogénea, ni hablar de una disciplina con sentido
científico, más bien, se trata de varias tendencias que en su reacción
a los problemas de la época tienen alguna semejanza, pero que nacen
de motivos y objetivos distintos.
Por un lado la idea de formar la calidad de los edificios (fuego,
estructura, accesibilidad) la higiene y técnica de calles y de la
infraestructura en general (agua, luz, gas, alcantarillado).
Por otro lado, el "Engagement" de los reformadores sociales,
en camino de transformar la sociedad a través de la transformación
del medio ambiente, bajo un modelo más bien paternalista que revolucionario.
Por último la participación, el aporte del arquitecto que quería vencer,
superar la fealdad, el desorden, la falta de espíritu de la ciudad
industrial, mediante la belleza y la armonía de las nuevas construcciones.
Que el arquitecto haya sido nombrado en último término, obedece a
un problema cronológico. En realidad pasaron 13 años hasta la publicación
(1889) de una de las obras que habría de marcar un hito en su época,
El urbanismo de acuerdo a sus principios artísticos, de Camilo
Sitte (9).
Con él se inicia un capítulo del urbanismo, donde se le da la importancia
formal al diseño de la ciudad, que había sido muy olvidado.
Pero no sólo fue el diseño tridimensional de la ciudad el que adquirió
mayor importancia a partir de 1890, sino también su estructura de
uso, en otras palabras, la distribución espacial de vivienda, trabajo,
servicios comunitarios y superficies libres -por nombrar las categorías
más importantes-.
Por un lado quedó claro que la expansión urbana hacía retroceder cada
vez más el espacio natural y que el mercado sólo mantenía superficies
libres de edificios en corto plazo, con un propósito especulativo,
que obviamente no mantendría a un largo plazo. De esta manera, y así
lo conocemos hoy, recayó la tarea de asignar superficies libres en
el Estado. Además resultaron una serie de deficiencias de este desorden
entre habitar y trabajar. Para prevenirlos se desarrollaron instrumentos
legales, como normas a través de los cuales podrían ser delimitados
usos diferentes y en diferentes áreas.
Este paso hacia la incipiente normalización marca a su vez una nueva
relación con el mercado. Si era hasta ahí la línea de edificación
el marco de referencia legal, la forma para la inversión privada,
la normativa, lo limitaba también en forma material. Con lo cual las
reglas de juego están dadas desde un principio. Este nuevo elemento
en la planificación lleva, sin ninguna duda, a una concepción general
de ordenamiento de todo el territorio urbano que, a comienzos del
siglo encuentra un reflejo normativo en el Plan Regulador o también
bajo otros nombres semejantes.
Mientras tanto, también ha ganado terreno en el campo de la planificación
estructural, la teoría urbana. En 1898 aparece el muy influyente escrito
de Ebenezer Howard, Garden Citys of Tomorrow (10),
que en muchos casos fue muy mal entendido debido a la etiqueta comercial
que tenía en ese momento la ciudad jardín.
Si bien se propone un concepto estructural, y un plan en el cual cada
casa tiene su jardín, esto resulta básicamente secundario. Lo importante
en el planteamiento de Howard es el desarrollo planificado de nuevas
ciudades con todos los lugares de trabajo necesarios. Y de equipamiento,
con un tamaño suficientemente grande, para permitir una vida urbana
independiente, pero lo suficientemente pequeño para poder tener una
visión de conjunto y para que las diferentes áreas pudieran ser alcanzadas
a pie, de manera de nuevamente aunar las ventajas del campo y la ciudad.
Sus muy profundas reflexiones sobre la base financiera de la ciudad
se originan en la idea de que el suelo urbano tuviese a la larga una
propiedad comparativa y que fuese hereditario. Son estas ideas básicas
las que representan la fundación de Letchworth en 1909 y Welwyn en
1919 y que más tarde se verán reflejadas en el New Town Act de 1946,
base de la idea de las New Towns inglesas (11).
Renovados y
nuevos impulsos al llegar el siglo XX: las metas de los años 1920.
En todo caso, el nuevo siglo trae consigo una serie de renovados y
nuevos impulsos en el campo del desarrollo urbano. Las grandes ciudades
rigen en ese momento como el camino para obtener un verdadero desarrollo
de una cultura social. Sólo Georg Simmel en su escrito "die GroBstädte
und das Geistesleben" tiene un tono un poco más escéptico. Aquí
se aprecia el creciente interés de la ciencia por la ciudad y sus
fenómenos, lo cual se puede comprobar por una serie de publicaciones
hechas en los años 90 (12).
Pero no es sólo la ciencia la que se vuelve hacia la ciudad, también
hay otras disciplinas como la poesía que se relaciona con este fenómeno
de la vida moderna. La gran ciudad, la ciudad del siglo XIX está en
el centro de la crítica, aparece como un camino errante, que hay que
abandonar. En las descripciones utópicas de William Morris, de Bellamy
de H.G. Wells (13)
aparece una forma muy distinta de ciudad: limpia, iluminada, rodeada
de verde, a pequeña escala, ocasionalmente muy apoyada en la idealizada
imagen de la ciudad medieval.
Esta primera década del siglo XX se caracteriza por ser muy oscilante,
de hecho, a fines del siglo se nota un cambio en la planificación
urbana y en la imagen de la ciudad futura. Esta imagen retrocede a
la era preindustrial tanto en su tamaño como en la escala de sus edificaciones,
se busca una conexión, una unión con el siglo XIX, a la época anterior
al eclectisismo en el arte constructivo, al desarrollo urbano como
esencia del liberalismo. Los motivos son diversos, como se aprecia
en los años 1920; unos quieren superar la ciudad industrial y buscar
un reencuentro con la artesanía y la pequeña urbe, otros, el desarrollo
de la realidad industrial en el sentido de una nueva forma urbana.
La creciente importancia de la planificación urbana se puede leer,
en una serie de acontecimientos que se originan cerca del período
de 1910. Se funda la primera revista especializada, se crean las primeras
cátedras de urbanismo y se dictan las primeras clases de la disciplina.
Tanto en Londres como en Berlín se efectúan grandes exposiciones de
urbanismo en los años 1910-11. El concepto de planificación aparece
primero en el idioma inglés y posteriormente también en el idioma
alemán, creándose la Asociación de Planificadores Urbanos.
Los frutos de esta evolución maduran recién después de la guerra.
La década del 20 ocupa un puesto importante dentro del campo del urbanismo.
No sólo se caracteriza por las innumerables publicaciones que reflejan
un creciente conocimiento de los complejos problemas que presenta
la ciudad, sino que, también por el consenso de ver la forma de solucionar
estos problemas.
A través de la estructuración y apertura de la masificación o densa
ciudad de piedra del siglo XIX con la consideración de áreas verdes,
de aire, de luz para todas las viviendas, limitaciones en la densidad,
de la calidad de vida, claras diferencias o separaciones de usos antagónicos,
concordancia en la forma de ordenar y dirigir la planta urbana y la
capacidad-eficiencia de los medios de transporte. Estas son algunas
de las reglas básicas que se elaboran y se practican en estos años.
Se percibía una clara antitesis en relación al urbanismo del siglo
XIX y no sólo en el aspecto técnico y de diseño, sino también desde
el punto de vista sociopolítico.
En la introducción de un texto de urbanismo se afirmaba: "El
Urbanismo se ha transformado desde hace algunos años en una disciplina,
en que, cientistas sociales, arquitectos, artistas e ingenieros, llevan
los resultados de sus conocimientos científicos y de sus experiencias
prácticas junto a una enseñanza del urbanismo (14).
El tema sobre política urbana que se repetía continuamente, era la
falta de relación de los habitantes entre sí, que en comparación con
comunidades de carácter rural o vecinal, aparecían estos últimos transfigurados
como concepciones románticas. No sólo Toennies y Simmel, también Cooley
y los sociólogos de la Escuela de Chicago, Park Burgess y Mackenzie
(15)
suministraron bases científicas para tratar de contrarrestar el anonimato,
el desarraigo de los individuos en las grandes ciudades.
La descentralización parecía ser el medio adecuado, la disolución
de la gran ciudad en pequeños elementos, en pequeños conjuntos cerrados,
que en USA se denominó Neighborhood-Units. Junto al argumento sociopolítico
aparecieron también aspectos funcionales como: la liberación de sectores
del tráfico estructurante; buen alcance al comercio y al equipamiento
comunitario y control del desarrollo urbano.
Por último, habría que agregar, que de esta manera se podían lograr
sectores con un cierto orden arquitectónico-urbano, después de comprobar
la dimensión adquirida por la ciudad, como para ser diseñada como
un todo.
Así, las metas del desarrollo urbano de los años 20s estaban por regla
general orientadas a una descentralización. Fritz Schumacher, hablaba
de una disolución de la gran ciudad en pequeñas ciudades. Theoder
Fischer (16)
concebía la gran ciudad como una sociedad de comunidades alegres.
Los parámetros de evaluación, los objetivos y los medios técnicos
para su construcción parecían muy claros; la Siemens-Stadt en Berlín,
la Römer-Stadt en Frankfort, los nuevos conjuntos habitacionales en
Hamburgo daban la pauta o eran orientadoras en camino para construir
la nueva ciudad.
El consenso de lo que debía de ser la ciudad no sólo tenía su carácter
nacionalista, sino que desbordaba las fronteras de los diferentes
países. Un documento internacional, es aquel publicado en el año 1933
por el CIAM, la llamada La Carta de Atenas (17).
En ésta, desde una perspectiva crítica de la situación urbana, se
hacían recomendaciones que iban desde aspectos técnicos hasta políticos.
Un rol muy importante juega la idea de la ordenación sistemática de
la ciudad en áreas funcionales claramente definidas desde el punto
de vista espacial y la diferenciación de las áreas habitacionales
en unidades de tamaño adecuado, que en USA recibieron el nombre de
"Unidades Vecinales".
Los mejores resultados de esta época tienen hoy todavía un fuerte
efecto. Por un lado proyectan la seguridad de sus constructores de
haber conseguido la solución a los problemas de su época, una seguridad
que nos debería dar invidia y verguenza, porque nosotros no hemos
sido aún capaces de resolver nuestros problemas o no estamos todavía
en la fase de poder solucionarlos.
Una muy importante transformación, que se había percibido ya antes
de la Primera Guerra Mundial en algunos grandes centros, se basaba
en que los problemas urbanos internos sobrepasaban los límites de
la ciudad, de tal modo que ella no lograba resolverlos por sí sola.
El crecimiento en extensión de la ciudad compacta, se había podido
controlar hasta entonces, a través de la incorporación de esas nuevas
áreas al límite urbano, pero en el momento en que la extensión de
algunas áreas significó el encuentro de varias ciudades, aparecieron,
como es obvio, nuevos problemas. La cuenca de Ruhr es una consecuencia
de esta expansión urbana. Para enfrentar el problema se generó en
esa época el concepto de la Planificación Regional. Era ella la que
debería poder a esa escala, resolver sus problemas.
Después de la destrucción sufrida durante la guerra, la tarea del
urbanismo se concentró en solucionar la emergencia. Probablemente
algunos veían a esta situación, lo que Churchill habría dicho en relación
con la destrucción de las ciudades inglesas "a great disaster,
but a great opportunity" (18).
Pero por distintos motivos esta oportunidad no tuvo el uso necesario.
No por casualidad prevaleció el término "Reconstrucción".
Durante mucho tiempo se tendió a minimizar las deficiencias, y a magnificar
los aspectos cualitativos de esta fase. Con toda seguridad se podrá
denominar como descuido, como omisión, la tarea política de haber
desarrollado un derecho de planificación y del suelo que sirviera
como gran idea orientadora a un estado de derecho social.
La planificación del período inmediato después de la guerra, se conecta
básicamente en la idea urbana fundamental de los años 30, tal como
estaba escrita en la Carta de Atenas. El rápido aumento del parque
automotriz durante mucho tiempo "menospreciado", creó un
sinnúmero de conflictos entre propietarios industriales y políticos,
sin duda, por los efectos económicos que esto tenía en las diferentes
áreas. Esto no fue lo único para lo cual los planificadores urbanos
tuvieron que firmar compromisos.
La industria, que imponía su -no deseado- crecimiento, con el argumento
de abandonar la ciudad o la comuna y con esto disminuir obviamente
los impuestos que a ella le correspondían, y las empresas constructoras
que no querían comprar terrenos destinados a la edificación, por el
precio que tenían, buscando en el consejo comunal transformaciones
de los Planes Reguladores, eran algunas de las constantes situaciones
a las cuales se veían enfrentados diariamente los planificadores.
Nuevos problemas
para el planificador urbano en la segunda mitad del Siglo XX.
Pero, con el inicio de los años 60s aparece una nueva forma de problemas
para el planificador urbano. De un día para otro, los principios por
los cuales se había trabajado tanto tiempo, se ubicaron en el centro
de la crítica. El éxito de Jane Jacobs con su libro "La Muerte
y vida de las grandes ciudades americanas" (19),
una obra crítica sobre la planificación urbana, no habría tenido la
aceptación que tuvo, a pesar de su exagerada argumentación, si no
hubiese flotado en el ambiente un malestar general. Nuevamente se
movió el péndulo en la otra dirección.
En reemplazo de la fascinación por la ciudad ordenada y abierta, por
las tranquilas y verdes áreas residenciales, apareció la fascinación
por la intensiva multidimensional vida urbana, a través de la densidad
y la urbanidad.
Las ciudades mismas se seguían extendiendo, por un lado, a través
de la incorporación de nuevas áreas dentro de sus límites urbanos,
por otro lado, por el crecimiento en extensión de las comunas de las
ciudades vecinas que estadísticamente no beneficiaban al Centro Urbano,
pero que por último, se debían a la atracción de ellas. Aumentaron
los casos en los cuales las comunas no tenían una clara definición
o límite de la vida urbana. En muchas de ellas aparecía más bien la
región que la ciudad, y esta gran superficie no estaba en condiciones
de incorporar las relaciones diarias de los habitantes.
Este desarrollo también se plasmó en las leyes, para poder ordenar
el desarrollo urbano de la ciudad y de la región. Estas leyes determinan
en forma individual, cuáles hechos pueden ser normados para cada caso,
así la forma y grado del uso del suelo, la transformación de los límites
prediales, en interés de este uso, las limitaciones de las superficies
de circulación pública, sólo para nombrar algunos ejemplos, y en qué
dimensión el propietario tiene la posibilidad o el derecho a una indemnización
por las limitaciones que le impone la norma.
Es común que estos planes se hayan estatuido en dos categorías. Uno
que alcanza a toda la superficie comunal "Plano Regulador"
y otro que tiene relación con parte de esta superficie general, "Plano
Seccional" (20).
Estos instrumentos legales de planificación urbana, ofrecen herramientas
que se pueden emplear relativamente bien, o que en muchos casos no
es necesario ocupar. Pero la voluntad política restringe el máximo
aprovechamiento de los instrumentos de planificación. Esto, porque
en el plano político, a pesar de los reconocimientos verbales que
se hacen para la ordenación y calidad del medio ambiente, aparecen
aspectos que tienen prioridad y otra escala, definiendo.
Esto tiene diferentes motivos. Algunos están relacionados con el sistema
de planificación que inevitablemente coliciona con otros medios para
el ordenamiento de nuestra convivencia, así por ejemplo, con el sistema
de la formación de los precios de la tierra por el mercado. El legislador
no percibió esta discrepancia o la minimizó, discrepancia que debería
resultar del hecho de que el manejo del ordenamiento del uso del suelo,
definido económicamente para la distribución de recursos escasos,
contiene dos sistemas contradictorios en forma paralela, la planificación
y el mercado. Aquí está una de las más importantes interrogantes con
las cuales se debe confrontar hoy día la planificación urbana. A esto,
me referiré más adelante.
Uno de los primeros intentos por tratar de relatar esta interrogante,
por lo menos parcialmente, lo generan las nuevas leyes sobre Desarrollo
Urbano (21).
Leyes que no están orientadas al problema en general sino que a temas
muy específicos: cómo eliminar las deficiencias a través de la Renovación
Urbana y cómo procurar conquistar o anexar nuevas superficies, para
la expansión urbana.
No es una casualidad que estos dos hechos, la Renovación y el Desarrollo
Urbano hayan guiado a tener una ley especial. En ellos queda claro,
que procesos orientados por el mercado, o desarrollos naturales aparentes,
ya no determinan el hecho espacial, sino que, las decisiones políticas
juegan aquí un papel decisivo. Sólo con extremos esfuerzos del Estado
se pueden generar nuevas ciudades o sectores residenciales, y se dejan
renovar áreas antiguas de la ciudad que presentan un fuerte deterioro
(22).
La situacion
actual
Nos encontramos ante una situación nueva respecto al desarrollo de
nuestro medio ambiente. Nueva, en el sentido de tener profundas diferencias
por un cambio cualitativo en relación con otras etapas de desarrollo.
Estas diferencias se pueden reconocer en las más distintas áreas que
conciernen a la imagen de nuestras ciudades y a las fuerzas actuantes
tras de ellas. Conciernen también a la esencia de la planificación
así como de la política y la relación de ambas hacia la ciencia.
Si uno decide explorar estos aspectos en forma individual, aparece
a primera vista, una transformación física fundamental de la ciudad:
el automóvil, ha permitido un crecimiento en extensión, que ha significado
desbordar por mucho los antiguos límites administrativos. Ya no es
el área de influencia de los medios de transporte masivo la que caracteriza
este crecimiento, sino la libertad de movimiento del transporte individual.
Este crecimiento en extensión, no se debe sólo al aumento de la población
en la ciudad, fenómeno tan común en los países del Tercer Mundo, sino
que también a una disminución de la población en las ciudades y regiones
metropolitanas del mundo desarrollado, pero cuyas periferias han seguido
creciendo.
Se trata también de un aspecto cualitativo, cual es el aumento de
la superficie edificada por habitante (23).
Los motivos de este aumento son multidimensionales. Por un lado, ha
aumentado la superficie de las edificaciones nuevas en forma bastante
considerable y al mismo tiempo, la densidad en la ocupación de estas
viviendas por sus habitantes ha ido disminuyendo.
Con el aumento del parque automotriz aumenta obviamente la necesidad
de superficies para la circulación; en todo caso esto ocurre sólo
mientras uno se preocupe de generar una circulación vehicular expedita.
También los lugares de trabajo, las oficinas, las industrias han aumentado
su superficie. La racionalización en algunos procesos de producción
inducen muchas veces al aumento de la superficie de la industria y
paralelamente una disminución de los empleados.
Este aumento de la superficie no se concentra solamente en áreas urbanas
dentro de la ciudad y comunas colindantes, sino que también, en el
entorno, en el Umland de las ciudades. Aquí hay una fuerte
concurrencia por superficies para autopistas, áreas de protección,
conos de influencia de aeropuertos, áreas de recreación y otras necesidades,
de la cuales muchas son consecuencia de las aglomeraciones urbanas.
Esto significa que la antigua meta de la ciudad estructurada y abierta
no se puede sostener.
Esto nuevamente se remonta al hecho de que la evolución política no
ha ido junto con la evolución de la ciudad. Por muchas décadas era
común, sencillamente incorporar en los límites administrativos aquellas
áreas de la ciudad que hubiesen salido de él. Con esto se incorporaba
a pequeños pueblos, a conjuntos residenciales que formaban una unidad
junto con la gran ciudad y pasaban a usufructuar de la administración
y de las ventajas que ésta tenía.
Esto hacía en muchos casos muy difícil poder definir cuáles eran los
límites de esta vida urbana y del Espacio económico. Valga aquí un
ejemplo como el de los USA que ha acuñado ya algunos slogans con tres
megalópolis que se han generado a través de lo antes explicado, el
BOSWASH, CHIPITIS y el SANSAN. Aquí se alude a los centros de aglomeración
entre Boston y Washington, entre Chicago y Pittsburg y San Francisco
y San Diego.
Pero la ciudad también se ha transformado en su interior. Este proceso
de transformación ha sido sin duda activado y simplificado por la
destrucción de muchas ciudades europeas durante la Segunda Guerra
Mundial. De hecho los motivos son más generales y más básicos. Estos
se extienden también a las ciudades no destruidas en las cuales se
han producido grandes transformaciones.
En las últimas décadas se ha trasladado el peso de la actividad laboral
del área industrial-artesanal, al así llamado "sector terciario",
es decir, el áreas de la administración, distribución y comunicaciones.
Lo que los sociólogos han llamado del blue-collar al white-collar,
en una terminología americana bastante acertada (24).
Esto es importante para el tema, porque el sector terciario ejerce
una fuerte presión sobre el centro de la ciudad, por el emplazamiento
privilegiado, por los medios de transporte y por el deseo de tener
una empresa en un área de renombre, que significa un prestigio desde
el punto de vista de su dirección. Por supuesto que a través de esto
son desplazados otros usos, que no pueden concurrir económicamente.
En esto, radica uno de los principales motivos del por qué ha disminuido
la actividad residencial en los centros de las ciudades, que ha significado,
en muchos casos, el despoblamiento del centro urbano. Seguramente
otros motivos juegan aquí también un papel importante. La disminución
de la multivariable vida urbana en las áreas de actividad nocturna,
tiene de hecho también, otras razones que se refieren más bien a la
hora de cierre del comercio, a los adelantos técnicos, que a medidas
de planificación, y que hacen que los habitantes no concurran a estos
centros.
En el mismo plano está la protesta sobre la creciente uniformidad
de la imagen urbana; la existencia de grandes casas comerciales, supermercados
tanto en Santiago, San Francisco, como en Londres. Sistemas constructivos
que permiten obtener estas imágenes que de hecho no son apreciadas
por los habitantes.
Sin duda que hay casos en que también las obras de la arquitectura
moderna ayudan a mantener o a generar la individualidad de una ciudad,
y a que ésta se diferencie de otra. Aquí se trata casi siempre de
casos aislados, como edificios públicos, como ciudades olímpicas,
grandes edificios administrativos. Hoy día ya no se podría hablar,
a pesar de ciertas tendencias que conducen a ello, de la lugaridad
de las construcciones, como sí se podía hablar en la era pre-industrial.
A estos fenómenos físicos habría que agregar un nuevo desarrollo,
cuyas raíces están aún en el siglo XIX. La expansión de la relación
individual hacia la ciudad, queda demostrado a través de las uniones
comerciales de las relaciones vivienda-trabajo, y de otros tipos que
van mucho más allá del problema local y en muchos casos se producen
en lugares distintos a aquellos en los cuales habita. Los intereses
del comercio y de la industria tienen también sus mercados mucho más
allá de los límites primitivos de la ciudad.
Todo esto complica cada vez más la tarea de generar responsabilidad
y conciencia ciudadana para mantener y de mejorar los centros urbanos.
Este desarrollo de la influencia del tamaño de la ciudad y del desarrollo
de la ciudad determinado por el emplazamiento de ciertas fuerzas expansivas
y su emplazamiento de acuerdo a la estructura vial, tiene cada día
menor importancia, es decir disminuye cada vez más. Seguro, existen
todavía algunas dependencias pero no juegan de hecho el mismo rol
que tenían en el siglo XIX, porque el significa de los factores influenciados
directamente por el hombre, el significado de las decisiones políticas
y económicas han sobrepasado el problema.
En general el resultado es que existe una nueva relación respecto
al espacio. Tenía antiguamente los caracteres de un bien sin límites,
hoy día se le reconoce sus limitaciones. Y no sólo en aspectos importantes
de la vida urbana del hombre, sino que en su significado general.
Mientras los modelos de desarrollo urbano de la primera mitad de siglo
XIX partían de la idea de expansión y ordenamiento de la ciudad, hoy
se reconoce que el espacio es un bien escaso y que se debe controlar
el crecimiento de las grandes áreas urbanas.
Los motivos radican en dos planos: por un lado queda claro, en qué
dimensión, en qué magnitud, el desarrollo urbano devora superficies,
elimina superficies libres e induce a grandes destrucciones del paisaje.
Por otro lado está la necesidad de asegurar la existencia de la estructura
urbana misma, y sus expresiones para sus habitantes. Esta nueva relación
con el espacio motiva, por otra parte, una nueva relación con la planificación.
Se trataba primitivamente, de funciones directoras en áreas limitadas
en las cuales las necesidades de espacio se entremezclaban, así hoy
debe aparecer el concepto del desarrollo total del espacio.
Esto significa que la planificación no debe ser entendida como coordinación
de desarrollos naturales, como correctora de problemas, sino que debe
ser pensada de una manera mucho más global y que debe ser orientada
a metas más generales. Por supuesto hay aquí una importante cisura
de la lógica de la planificación espacial. Mientras uno creyera contar
con un desarrollo natural, en el cual los componentes sociales y económicos,
casi no eran influenciados por un desarrollo planificado, había evidentemente
que suponer uno de estos desarrollos como inherentes al progreso y
armonía. Con esto a la planificación le quedaba sólo la tarea de acomodar
el espacio urbano a este desarrollo.
Por otro lado la experiencia enseñaba diariamente que se imponían
cada vez más nuevas influencias que colisionaban con esta tendencia
armonizadora aparente. El planificador, tenía que abanderizarse hacia
aquello que expresara un desarrollo natural y sano. Ayudar a este
desarrollo también a las permanentes fuerzas en lucha, en economía
y sociedad significaba por otro lado, actuar con los medios de la
organización espacial sobre la sociedad. Uno podría interpretarlo
como una transmisión de pensamiento del urbanista, y aun cuando fuese
exagerado generalizar estos conceptos, tuvo durante las primeras décadas
de este siglo un importante papel en la literatura especializada.
Una interpretación de este tipo, sólo explicable por la situación
de la época, no se podría hoy en día justificar. Hace mucho tiempo
que se reconoció que el desarrollo social y económico en ningún caso
es natural o autónomo, sino que está influenciado y manipulado por
una serie de decisiones humanas en diferentes planos. Bajo estas condiciones
no se puede observar la ciudad y la Landesplanung en forma aislada.
Aislada de las innumerables medias que se incorporan para dirigir
el desarrollo social y económico.
Desde que en la década de los 30s se incorporaron en una cantidad
no despreciable estas directrices, perdió la planificación espacial
su posición como único factor ordenador en un mundo que creía en el
libre juego del mercado. Aquí reconocieron los expertos el contenido
político de la planificación espacial. Hasta aquí se había interpretado
esta función ordenadora como una tarea, que se orientaba en elementos
técnicos por un lado, y por otro, en decisivos conceptos valóricos
políticos neutrales, de dignidad humano y bienestar general, de desarrollo
orgánico y equilibrado. Ahora recién queda claro, que estos conceptos
valóricos y con ellos las decisiones de planificación, tenían carácter
político que se basaban en pensamientos que podían ser conservadores,
progresistas o revolucionarios.
Se reconoce más claramente, que muchas decisiones sociales y económicas
influyen el desarrollo espacial, sin que en la decisión se hubiese
tomado en cuenta las consecuencias espaciales. Se puede constatar
que el sistema tributario, que las tarifas de fletes y que los límites
de la estructura administrativa se expresan espacialmente y que facilitan,
complican o desbaratan la planificación. Ya no se está dispuesto a
tomar estas condiciones como hechos inalterables.
Existe cada vez más conciencia de esta extensa relación y se tarta
de mantenerlo controlado. Pero esto supone, que uno tenga las metas
claras de hacia dónde debería ser dirigido el desarrollo; aun cuando
la planificación esté orientada a la eliminación de deficiencias,
no se puede tener elementos directores sin una determinada precisión
de las metas de desarrollo por lo menos de la dirección de este desarrollo.
Así se puede explicar la atención que se le ha dado en los últimos
años a las metas de planificación y a la penetración teórica de las
relaciones entre metas y medios. Aquí no hay que entender el objetivo
en forma estática.
En contraste al antiguo concepto del urbanismo, no se trata ya más
de llevar a cabo el diseño de la ciudad a través de una sucesión de
hechos aislados, sino, que se trata de una permanente influencia del
desarrollo existente. Esto no elimina el que con este tipo de plano
se pueda predecir estados futuros. La atención está centrada, entonces,
en el proceso mismo y no esencialmente en el producto final. Esto
vale tanto para proceso de planificación, como también para el objeto.
La estructura edificada de la ciudad no es vista e interpretada tanto
como un sistema técnico con cualidades materiales e inmateriales,
sino que como un marco en el cual se realizan procesos sociales. Esto
en todo caso sirve para el pensamiento a largo plazo de la estructura
urbana, que se trata de dejar abierta y en lo posible flexible. De
una manera diferente ocurre esto en el plano detallado donde se trata
de generar normas concretas y precisas.
Son tres, entonces, los elementos básicos a través de los cuales se
destaca la concepción actual de planificación espacial en relación
con la forma de pensar y de trabajar de las antiguas generaciones:
la mayor objetividad, la relación con el desarrollo social y económico,
y la clara referencia a un proceso de desarrollo.
Con esta caracterización se acerca al término que hoy se emplea como
"Planificación del Desarrollo Urbano" y que en la realidad
recién comienza a formarse. En la ciudad está determinado por una
estrecha coordinación entre planificación urbana pública-legal, de
las inversiones comunales para infraestructura y de equipamiento comunitario
en la comuna.
Esta visión a grandes rasgos hecha de la transformación en la esencia
de la planificación no se puede ver en forma aislada. Ella está muy
unida a los cambios que se producen en la administración tanto estatal
como comunal.
La visión tradicional de la Administración, es la del "Ejecutivo",
como una autoridad que se limita a la ejecución de leyes, para las
cuales promulga Decretos, que son a su vez revisados por los tribunales
con el consentimiento del legislador. Esta idea de Administración
no corresponde a la realidad actual.
Así surge, el nuevo concepto de la Administración Planificadora
(25).
Para entender esta Administración Planificadora, se requiere no sólo
de una comprensión distinta del concepto, sino que de una estructura
de la administración diferente. Ahora la Administración Planificadora
actúa sobre un área de trabajo distinto. Ella debe actuar en forma
visionaria y coordinada, no necesita de la estructura jerárquica anterior,
sino más bien de un trabajo (Teamwork) entre diferentes disciplinas
y una escala distinta en cuanto a su movilidad intelectual futura.
Así se cuestiona la estructura administrativa tradicional con la amplia
independencia de cada una de sus secciones. En su lugar debe haber
una mayor integración, un mayor grado de unidad y voluntad en la administración.
Esta visión se ha ido cumpliendo paulatinamente. Ahora, las consecuencias
institucionales se verán en forma muy lenta, debido a que la resistencia
de las diferentes secciones debe ser vencida poco a poco.
Este desarrollo hacia la Administración Planificadora está en estrecha
relación con una transformación de la concepción del Estado y con
esto del clima político. El Estado liberal del siglo XIX se conformaba,
visto en forma ideal, con la tarea de la seguridad y del orden y se
mantenía apartado de la intervención en la sociedad y en la economía.
Los derechos constitucionales se relacionaban por sobre todo con el
derecho del ciudadano, de mantenerse alejado de los asuntos del Estado,
siempre y cuando no se tratara de la defensa ante el peligro.
Esto se transformó en tal grado, cuando quedó claro, que las fuerzas
del mercado no conducen a la armonía, al desarrollo ordenado. Se reconoció,
que los principios ordenadores del mercado habían sido sobreestimados
en su efecto y que las desigualdades sociales en este campo no habían
sido eliminadas, sino que por el contrario, agudizadas.
Un ejemplo clarificador para este caso, es la discusión sobre aquello
que a fines del siglo pasado se señalaba como el problema habitacional.
En verdad se incluyó todo el ámbito del problema residencial con sus
distintas deficiencias pero, en esencia se trataba de la pregunta,
si cada uno tenía el derecho de tener una vivienda de acuerdo sus
necesidades, aun cuando económicamente no estuviera capacitado para
pagar los precios que el mercado exigía para ello. Es ya conocido
que esa respuesta ha sido afirmativa en la mayoría de los países industrializados.
Los sistemas empleados en los diferentes países son muy numerosos
y de hecho diferentes. De lo que se trata aquí es de demostrar que
este tipo de medidas significa una intervención del Estado en el proceso
del mercado. Una intervención que por su valoración social justifica
el derecho de cada uno por tener una vivienda digna.
Desarrollos análogos se encuentran también en otras áreas y aclaran,
que el elemento social estatal de nuestro orden político hace otras
exigencias al Estado que son mayores que las legales. Del Estado ya
no se exige reserva y abstención para con los intereses de los ciudadanos,
por el contrario se exige una participación activa con el objetivo
de darle a los ciudadanos una posibilidad de desarrollo equitativa
y sobre las cuales de acuerdo nuestra comprensión de sociedad, ellos
tienen derecho.
Está claro que este hecho no reemplaza a los procesos del mercado,
pero los superpone produciendo roces entre los sistemas del mercado
y la planificación. Para los numerosos problemas producto de estos
roces hay muchos ejemplos: partiendo por las subvenciones para diversas
áreas económicas, pasando por disputas entre el ferrocarril y la autopista,
entre el tráfico público y el privado y hasta la colisión entre el
mercado del suelo y las normas de uso del suelo a través de decisiones
de planificación.
A pesar de que existen buenos motivos para no eliminar al mercado
como un mecanismo de dirección y orientación, hay que comprobar que
una sintonización funcional entre mercado y planificación hasta ahora
no ha dado resultado. Este es un hecho que precisamente en el mercado
del suelo, tiene efectos catastróficos.
Si nos preguntamos qué motivaciones hay detrás de la intervención
del Estado en el proceso del mercado, nos encontramos con dos hecho
distintos.
Por un lado, se ha comprobado en los últimos años, que el mercado
no puede reunir la favorable asociación de diferentes fuentes económicas,
en el sentido de un optimismo económico, porque no están dados algunos
de los indispensables supuestos para el funcionamiento de este modelo.
Un rol muy importante juega el hecho de que, en la producción de bienes
y servicios, se producen costos que recaen no sobre el productor,
sino que sobre el público y con esto distorsiona la rentabilidad del
productor. Esta problemática de los costos sociales de la economía
privada, es una de las dificultades con las cuales hoy luchamos. Así,
por sobre todo, están la contaminación del medio ambiente y las repercusiones
negativas del aumento del parque automotriz en nuestras ciudades,
sólo por nombrar dos de los más evidentes fenómenos.
Aparentemente uno puede controlar este tipo de desarrollos negativos,
sólo a través de un sistema de estímulo y sanciones que generen una
cierta compensación. En otras palabras a través de la planificación
con la meta de reemplazar el mercado allí, donde manifiestamente no
funciona. La planificación como sustituto de la economía de mercado
(26),
tiene entonces una función económica. Ella debe llenar la tarea esperada
por el mercado (pero no realizada) de la óptima distribución de los
recursos.
Mientras esta motivación de la planificación existía ya en el estado
de derecho liberal, los instrumentos y procedimientos de la planificación
urbana del siglo XIX y de inicios del siglo XX se pueden atribuir
a estos motivos, aun cuando estas reflexiones prácticamente no fueron
llevadas a cabo.
Aparece por otro lado, con el surgimiento de este pensamiento socioestatal,
otra motivación; el deseo de poner énfasis en la valoración sociopolítica,
que en este juego del libre mercado se quedara atrás. Con esto se
incorporan parámetros, para los cuales el mercado, de acuerdo a su
esencia, es insensible. El ya nombrado ejemplo del problema habitacional
pertenece a este marco, igual que, aunque en otro plano, el asegurar
la naturaleza, las áreas protegidas, o la mantención de edificación
de valor arquitectónico, sin tener que considerar su valor económico.
Uno podría dar un paso más adelante y extender la cuenta de la política
económica, a aquellos elementos no cuantificables, los "intangibles".
Se tendría en ese caso entonces, una especie de cuenta político-social-económica,
la cual incorporaría expresamente los valores emocionales y efectivos
del medio ambiente. Pero una cosa como esta no se deja demostrar fácilmente,
ya que, la idea de un medio ambiente humano y de condiciones de vida
dignas, tienen una muy amplia forma de interpretación.
Aquí se presenta nuevamente la relación con los objetivos. El Estado
social puede organizar correctamente su actuar sociopolítico en las
áreas sociales, económicas y espaciales, sólo, cuando no actúa de
caso en caso eliminando deficiencias sino que cuando deduce estas
intervenciones de objetivos generales de la sociedad. Estas deben
estar a su vez, ordenadas en un sistema jerárquico general, que incorpore
las relaciones recíprocas de nuestra forma de vida.
Un sistema como éste no se puede alcanzar sin una penetración científica
de estos contextos, tanto en el área del análisis como en el área
de la prognosis. Con esto, se incorpora otro aspecto en este amplio
espectro que destaca la situación actual en relación con el pasado:
la estrecha relación entre ciencia y política, entre pensamiento y
acción. La tradición científica del siglo XIX correspondía a una absoluta
separación de ambas áreas. Las afirmaciones científicas eran profundizadas
y enmarcadas cada vez más en disciplinas individuales. Se relacionaban
así con trozos de una manifiesta y cada vez más compleja realidad.
La política queda prácticamente fuera de este campo de acción visual.
Recién en este siglo gana importancia el rol de los expertos científicos
como asesores en decisiones políticas. Recién ahora se le coloca a
la ciencia la tarea de no sólo interpretar el mundo, sino que de participar
en su transformación. Esta nueva revisión de las cosas actúa sobre
las más diversas áreas. La larga lista de asesorías y comisiones científicas
que están asociadas a los ministerios y los partidos políticos, son
un ejemplo, el personal calificado científicamente en la administración
pública, el otro.
Lo importante aquí es mantener la creciente visión de que se trata
de acotar la inseguridad de la decisión (que de hecho es prácticamente
imposible de suprimir), a través de un análisis y prognosis racional
y así aumentar las probabilidades de lograr las metas propuestas sin
efectos colaterales. Se trata de los tan conocidos modelos, a través
de los cuales se muestra la enmarañada relación de los fenómenos.
Un ejemplo para esto son los conocidos modelos matemáticos.
Aquí llegamos a uno de los últimos y más importantes puntos, que debe
ser destacado a través de la caracterización de la situación actual:
se trata del creciente interés que encuentra el proceso de planificación,
tanto en la ciencia como en la opinión pública. Desde el momento en
que se reconoce que en la planificación urbana, como también en otras
planificaciones, no se puede tratar de llegar a un canon rígido de
reglas como en un problema matemático a la indiscutible solución adecuada,
que tampoco se trata como en un vuelo a la luna, de un recorrido claramente
programado y que obedece a objetivos previos.
En realidad se trata de un enorme complejo de preguntas: ¿qué escala
se debe elegir en las decisiones de planificación?, ¿cómo se dejan
enunciar y determinar en su valor relativo?, ¿cómo se pueden incorporar
en la evaluación de posible alternativas? Reducido a una fórmula:
¿cómo debe hacer transcurrir el proceso de planificación cuando se
trata de encontrar la mejor solución y cuáles son los criterios que
determinan "la mejor" solución?
No es una casualidad, que esta pregunta no se haya formulado hasta
mediados de nuestro siglo, ni muchos menos hay sido discutida, debatida.
De la descripción hecha hasta el momento, queda claro que existía
la imagen que la planificación espacial era una tarea de coordinación,
para permitir en lo posible un desarrollo sin fricciones. El proyecto
de urbanismo estaba en estrecha analogía con el proyecto de arquitectura,
como un acto de síntesis creativa, cuyo resultado dependía de las
posibilidades y de los conocimientos de su autor. El proceso en el
cual se realizaba esta síntesis, en el cual otras posibilidades eran
eliminadas en favor de la elegida, no tenía mayor interés para los
legos, él pertenecía aparentemente al ámbito de la creación.
No obstante se pudo reconocer pronto, por lo menos en dos puntos,
que la analogía al proyecto de arquitectura no era aceptable. Por
un lado se desarrollaba la planificación urbana en el marco de las
ciudades existentes, cuyas estructuras físicas, económicas y sociales,
estaban de alguna manera acuñadas, la planificación del futuro desarrollo
tenía que considerar este hecho.
Por otro lado el proceso de la realización, no funcionaba ya como
en el diseño de un edificio individual, bajo el control y la responsabilidad
del diseñador, sino que estaba de una manera más complicada unida
con el plan, a diferencia de la del arquitecto. Estos dos aspectos
necesitaron, entonces, una especial atención.
¿En qué derivará
la ciudad?
La visión dada hasta el momento, tuvo que ser en algunos casos sólo
esbozada y, además, quedar incompleta, pero, sin embargo, mostró la
variedad de los problemas, sus divisiones y sus relaciones. Pero ahora
¿qué sigue de todo esto en nuestra interrogante?
Uno podría tratar de prolongar las líneas de desarrollo de las últimas
décadas al futuro. En el fondo, hacer una prognosis de la extrapolación
del desarrollo existente. Este es un método corriente, y muy apetecido
por todos aquellos que profitan del desarrollo prognóstico. Como las
industrias petroleras y automotriz que creen, basadas en este sistema,
hacer útil aquello que se les pronostica para que todas se ajusten
a esta prognosis, y así ayudar a producirla.
Credulidad prognóstica existe también entre los planificadores pero,
si se le examina en forma detallada, está precisamente en contraposición
con la planificación. La prognosis como extrapolación del desarrollo
dice en un principio solamente qué es lo que ocurre, si yo no actúo,
o no actúo en forma diferente. La posibilidad y transformación de
los datos iniciales, por ejemplo, a través de una decisión política
es usualmente desechada.
Esto
se explica en cualquier prognosis relativamente seria con una advertencia,
pero desaparece fácilmente cuando esta información se entrega a la
prensa. Por ejemplo, cuando se dice que en x años va a haber el doble
de autos que hoy, por lo tanto necesitamos doble superficie de calles.
Ya no se puede argumentar en forma más primitiva, y uno se pregunta
si esto es sólo ingenuidad o intereses creados, o las dos cosas juntas.
Si se prolonga el desarrollo de las últimas décadas al futuro, no
se le puede dar ninguna posibilidad a la ciudad. Delante de nosotros
está el fantasma construido que se extiende por muchos km2, cubierta
por un lado con masas de hormigón fuera de escala, por otro lado a
través de una construcción absolutamente monótona que devora parte
del paisaje, de autopistas, de cruces, de pasos bajo y sobre nivel,
de gases provenientes de los automóviles y de las industrias.
En alguna parte, muy atrás y muy apremiada está la naturaleza destruida,
en la sobrerracionalizada estepa productiva de la agricultura -tal
vez como en Den Haag, cuya producción se realiza en gran parte bajo
techo- y en un domesticado paisaje creacional para el ciudadano con
grandes estacionamientos, snak bars y centros de veraneo.
Si no queremos tener esto, tenemos que hacer algo más que lamentarnos
de los planificadores, los políticos o la sociedad. Tenemos que desarrollar
una imagen de lo que queremos, de lo que en vez de eso queremos. Tenemos
que tener imágenes cuya realización nos parezca ventajosa aunque signifique
la renuncia a comportamientos que hasta hoy nos parecían obvios.
Pero esto supone que nos preguntemos en forma muy sobria qué podemos
hacer, qué espacio de acción tenemos. Desde el punto de vista técnico,
este espacio de acción aparece como muy amplio. Que no nos falta fantasía
en este sentido, lo muestra una mirada al sinnúmero de utopías urbanas
que consideradas de una u otra manera seriamente, aparecieron en la
mayoría de las revistas especializadas de urbanismo. Osados constructores,
locos complacientes, monómanos convencidos de todas parte del mundo,
cubren la escena, destacan los metabolistas japoneses, los transformadores
italianos, con sus grandes y espectaculares decisiones.
La multiplicidad de visiones es prácticamente desconcertante, torres
imponentes con elementos horizontales, con las cuales se colgaban
edificios; ciudades-embudo como cráteres artificiales, bloques flotantes
en el océano, que podían albergar a toda la población de una ciudad,
grandes redes colgantes que eran llenadas con elementos habitacionales,
en fin, megaestructuras que cubrían grandes superficies sobre ciudades
existentes y que llegaban también a cubrir superficies marinas. Ciudades
como pieles de plástico en el desierto, en la antártica y muchas otras
cosas más (27).
El que hace un análisis crítico de este tipo de proposiciones, no
se puede sustraer de la impresión, de que en este caso se trata preponderantemente
de extrapolaciones de aquello que hoy es técnicamente posible, sin
que se haya gastado tiempo en pensar el significado que un medio ambiente
como el descrito pueda tener para la vida de cada uno y para nuestra
sociedad. Es ésta exactamente la estrecha y unilateral forma de observar
que nos ha conducido a la destrucción del medio ambiente por el irracional
uso de la técnica.
Por eso, estos modelos utópicos tienen un valor muy pequeño para la
solución de los reales problemas de hoy en día. En muy pocos casos
se les puede considerar como un aporte a la penetración ideológica
ante las decisiones que tenemos que tomar. En la mayoría de los casos
se trata de juegos de la fantasía estética y técnica, que no tienen
un argumento referencia, y también de utopías escapistas que al empujar
el problema al siglo XXI presentan una coartada para la renuncia a
una explicación concreta en el siglo XX.
No se necesitaría ir más lejos si no existiera siempre la esperanza,
en menor grado en planificadores que en los políticos, de que con
medios técnicos perfeccionados, con una educación matemática y científica
y con más dominio de los computadores pudieran ser solucionados nuestros
problemas y con esto llegáramos a la necesidad de cambiar nuestros
parámetros éticos y políticos. Del mejor know-how hablan muchos, pero
sería mucho más importante tener un claro know-what, es un problema
que todavía se desconoce.
La exagerada estimación del aspecto instrumental juega también un
rol importante en otro ámbito muy cercano a la planificación, en este
caso, la renovación urbana. Las Leyes de renovación urbana, promulgadas
en los setenta (28),
crearon muchas expectativas en la población, en los planificadores
y en los políticos. Algunos opinan que al fin a través de la renovación
urbana estaba el camino abierto para la positiva transformación de
nuestras ciudades, para la superación de las deficiencias y de sus
deseconomías.
Muchas veces se olvida que la ley tiene el carácter de una herramienta
y que no es el punto de partida para la imagen de cómo debería ser
esta ciudad renovada. Si en muchos casos de renovación, se trata de
la eliminación de la edificación en grandes superficies, o se trata
de una prudente y cautelosa renovación de áreas específicas, o si
las nuevas edificaciones deben ser monótonas o variadas, o si el uso
sobre grandes superficies debe ser uniforme o en forma de mosaico,
todo esto no lo puede regular la ley. Su utilización no asegura que
obtengamos mejores ciudades, si no hemos pensado de antemano qué es
lo que identifica estas mejores ciudades. En otras palabras qué es
lo que nosotros esperamos de nuestras renovadas ciudades.
En el término renovación urbana se amalgama ante todo una idea material:
se trata de una medida técnico-social a través de la cual se eliminan,
mejoran y transforman las inconveniencias o el deterioro urbano de
un sector, a través del reemplazo de edificaciones deterioradas así
como también de la modernización y conservación de ellas. Qué camino
se usa, o se propone, depende aparentemente del estado material y
del valor inmaterial de la edificación. De su calidad como patrimonio
histórico, de su relación con acontecimientos históricas, de su rol
en la conciencia ciudadana (29).
Pero la renovación urbana tiene claramente también un lado funcional.
No se trata sólo del edificio aislado, sino también de relaciones
urbanas que en muchos sectores deben adecuarse a las nuevas exigencias
de los habitantes; como el aumento de las aspiraciones en iluminación,
ventilación, asoleamiento de las nuevas viviendas, la accesibilidad
de los edificios para los automóviles, las superficies libres y de
recreación en el entorno.
El aspecto funcional es aún más amplio. Un área urbana central, que
ha perdido su función central y tiene ahora principalmente viviendas
para una población de bajos ingresos podría a través de una renovación
estructural, adquirir nuevas funciones de desarrollo. Esto de hecho
ha ocurrido en algunas de nuestras ciudades pequeñas y medias.
Por otro lado, las expectativas van en una tercera dirección; no sólo
sobre los aspectos materiales y funcionales, sino también de la vida
urbana. Con ella se espera, no eliminar, pero mejorar el despoblamiento
de la ciudad y proporcionarle a esta multifacética vida urbana un
nuevo espacio. Esto seguramente más allá de lo que se pueda lograr
sólo con acciones constructivas, pudiendo el medio ambiente edificado
facilitar o por el contrario complicar esta vida urbana. Obviamente
no existe una receta de cómo poder alcanzar las metas de la renovación
urbana en cada uno de los casos específicos.
Afortunadamente no se le puede aplicar a cada región urbana un mismo
esquema, con el cual quedaría garantizado su óptimo desarrollo. Tomás
Morus (30),
coloca a las ciudades en su isla Utopía, como totalmente homogéneas,
pero esto nos parece hoy poco deseable. A pesar de todo, se pueden
tal vez destacar algunas exigencias de diseño estructurales, que deberían
concordar con esta renovada estructura urbana. Estas por su parte
dependen de las metas económicas y sociales y con esto volvemos a
la pregunta del espacio de acción. Sus limitaciones, como ya lo veíamos
anteriormente, no están determinadas en primera línea por las posibilidades
técnicas, sino por condiciones sociales y económicas.
Las fronteras de los límites son en todo caso evidentes: no podemos
volver atrás a la ciudad pre-industrial, a la cúspide de la estructura
urbana de una sociedad agraria, cuyas tradiciones y edificaciones,
subsisten en muchas de nuestras ciudades actuales. No podemos volver
a la ciudad del siglo XIX, a la ciudad del Laisser-faire y a la ciudad
del capitalismo privado. Tenemos una sociedad que organiza su trabajo
y con ello tenemos que aceptar la pérdida de la unidad espacial del
lugar de existencia del hombre, así como el deseo por iguales posibilidades
y una libertad de elección. De aquí se infiere un objetivo estático,
la vuelta a la ciudad artesanal, y a la ciudad pequeña, al apacible
tipo de vida de los viejos tiempos.
Parece ser que sólo la gran ciudad, la región urbana con sus varios
miles o millones de habitantes, cumple con las condiciones para agotar
el potencial de producción que es necesario para asegurar la base
económica. Esta integración de la ciudad en la región no significa
que la actual ciudad, sea ella hoy el centro de la región o esté subordinada
a él, sucumba en una estructura urbana homogénea. Por el contrario,
la planificación debería estar orientada de tal manera de mantener
elementos de identidad en su definición hacia afuera, en su estructura
y en su apariencia. Tenemos la convicción, que una estructura como
ésta sería buena para la relación de los habitantes y su medio ambiente,
aun cuando las relaciones económicas desborden los límites.
En lo que respecta al diseño, esta estructura debería desarrollar
un paisaje urbano mucho más variado y diferenciado, en el cual se
pudieran representar los espacios de vida humana en sus distintas
escalas. Las viviendas deberían ser entonces variadas de acuerdo a
algunos tipos, de acuerdo a la forma de las edificaciones, de acuerdo
a las alturas. Aquí habrá que preocuparse de lograr un alto grado
de calidad y de privacidad, aun en altas densidades. No se trata aquí
de construir sólo edificaciones en altura para aprovechar de la mejor
forma los valores del suelo, sino de buscar medios a través de los
cuales se logre también, una alta densidad en baja altura. De hecho
hay muchas formas de poder lograrlo, a través de algunos tipos edificatorios,
atrios, continuos, pareados, que en un menor espacio ofrecen una mejor
calidad de vida.
Dar la espalda a la casa aislada, sería sin duda un tiro al aire.
La vivienda y el entorno de la vivienda es para la mayoría de la población
un lugar de tranquilidad, de seguridad, de posibilidad, pero no de
la obligación de tener una relación con su vecindario.
La relación con las áreas verdes debería estar orientada, no tanto
a la higiene, sino que a los aspectos síquicos; las impresiones espaciales
deberían ser multiformes, variadas y de acuerdo a las posibilidades
con características individuales. Esto hace que grandes conjuntos,
diseñados por una sola mano, con la misma técnica constructiva, sean
puestos en duda. Hay muchísimos ejemplos de grandes conjuntos habitacionales
que muestran el peligro de la monotonía, que muestran el peligro de
la exageración de la escala, que sin duda se pueden lograr de una
forma mucho más adecuada, en una superficie más pequeña.
Con toda seguridad habrá que tratar de prevenir la expansión de los
grandes centros urbanos, si uno quiere evitar desarrollos económicos
errados. El aumento de lugares de trabajo en el centro, lleva no sólo
a la saturación del tráfico, sino que también presiona a la población
que allí habita cada vez más hacia la periferia. En todo caso, no
se puede esperar, por una serie de motivos, que se logre una mezcla
de vivienda con funciones ubicadas en el centro mismo, como se ha
utilizado en muchos casos para evitar la despoblación, la muerte de
la city. Parece mucho más sensato, ubicar nuevas áreas residenciales
cercanas al centro mismo de la ciudad. Esto significa una acción contra
el mercado, ya que no se puede asegurar la presión económica que ejerce
un centro de negocios. Probablemente entonces, esta posibilidad va
a ser recién factible cuando haya una transformación de la legislación
sobre el mercado del suelo.
Sobre el diseño mismo de los centros se puede decir bien poco. Aquí,
por un lado, se tratará de construcciones técnicas muy refinadas,
con diferentes niveles de circulación, con calles comerciales climatizadas,
y otras características de ese tipo.
Por otro, será aquí precisamente donde se plasmará la individualidad
urbana, sobre todo a través de la incorporación de la masa o las construcciones
de carácter histórico, con su caduca planta urbana.
Aquí llegamos a un punto importante relativo al diseño de la ciudad,
todos estos modelos o tienen como objetivo o no se aplican para transformar
la realidad actual en forma arbitraria, sino que transformarla en
el sentido de un mejor orden. Aquí juega la percepción de la continuidad
un papel importante. Antiguas edificaciones y elementos estructurales
tendrán en el marco de la ciudad futura también su lugar. Lugar que
será tan importante en la medida del significado que tenga éste en
lo construido.
Los elementos históricos muestran la continuidad de la acción humana
y ofrecen puntos de contacto con una relación emocional.
El que planifica para la ciudad, el que construye para la ciudad,
debería tener para esto olfato. Esto no significa el tener que amarrarse
con la herencia histórica construida del período, pero tampoco significa
que uno se distancie objetivamente de ella.